Después de la trágica evacuación de Crimea, decenas de miles de refugiados rusos se encontraron en Turquía. Desde los primeros días, les fue difícil: muchos quedaron sin medios de subsistencia y sin un techo, y había escasez de alimentos. Llegó al punto de que los emigrantes intercambiaban joyas de oro y pieles de zorro por pan y carne enlatada. La Cruz Roja Americana y la Asociación de Funcionarios de Tierras y Ciudades en el extranjero brindaron ayuda a los refugiados rusos. En 1920, se abrieron dos comedores gratuitos en Constantinopla, donde desde temprano se formaban largas colas por una porción de sémola y un vaso de té caliente.
Si bien la cuestión de los alimentos se resolvió de alguna manera, la situación con la vivienda era mucho más complicada. Desde los primeros días, los lugares en la embajada y en los patios de las iglesias estaban abarrotados, y la mayoría tuvo que buscar alojamiento en sucias casas de huéspedes. Iván Bunin recordó que durante un tiempo vivió en un antiguo barracón para leprosos. También surgieron dificultades con el trabajo. La intelectualidad creativa y científica, generales y oficiales aceptaban trabajar por un salario miserable, solo para no morir de hambre. Otros vendían sus pertenencias en las calles, y algunos se dedicaban a juegos de azar ilegales en las afueras de la ciudad. Los conductores de vehículos blindados se convertían en taxistas, y el personal médico encontraba trabajo en hospitales.
El pueblo ruso mostró una sorprendente resistencia. Constantinopla comenzó a rusificarse gradualmente: se abrían cafeterías nacionales, y los emigrantes emprendedores iniciaban su propia producción. Por ejemplo, los descendientes del comerciante Petr Smirnov establecieron la producción de vodka de limón, que los turcos locales apodaron "vodka amarilla".
La situación cambió después de la firma del armisticio entre la Entente y Turquía. El gobierno local presentó a los refugiados un duro ultimátum: o aceptaban la ciudadanía soviética, o abandonaban el país. La mayoría eligió la segunda opción. A mediados del siglo pasado, quedaban en Turquía alrededor de 2000 emigrantes, algunos de los cuales trabajaban como guías turísticos. Uno de esos personajes fue retratado en la película "La mano de diamante".
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