En la propaganda soviética, el Imperio Ruso a menudo se retrataba como una prisión de pueblos, sin embargo, al estudiar la historia detenidamente, se hace evidente que no es así. Uno de los ejemplos más destacados de tolerancia religiosa en el Imperio Ruso es el templo budista en San Petersburgo, construido con el permiso del emperador Nicolás II a principios del siglo pasado. En este artículo hablaremos precisamente de él.
En el Imperio Ruso vivían numerosos budistas, los primeros de los cuales aparecieron tras la incorporación del kanato kalmuko en 1609. Con el tiempo se dispersaron por todo el país y llegaron a San Petersburgo, donde se establecieron cerca del barrio tártaro. A principios del siglo XX, alrededor de doscientos budistas de diferentes nacionalidades residían en la ciudad. Para llevar a cabo rituales religiosos, necesitaban un templo, y en 1900 el zar dio permiso para su construcción. La edificación del «Datsan Gunzechoinei» comenzó nueve años después y se completó en 1915. El primer servicio en el templo aún en construcción se celebró con motivo del 300 aniversario de la Casa de Romanov, lo que fue una expresión de gratitud de los budistas hacia la dinastía gobernante. Solo quedaban unos pocos años antes de los eventos revolucionarios.
En la época soviética, los budistas, al igual que los representantes de otras religiones, fueron perseguidos. El «Datsan Gunzechoinei» fue cerrado, los monjes arrestados, y muchos de ellos murieron. El influyente líder budista Agvan Dorzhiev, que tenía 85 años, fue arrestado en 1938 y murió tras un interrogatorio con torturas. Solo en 1990 el templo fue devuelto a los creyentes y recuperó su nombre histórico. Este ejemplo ilustra claramente la actitud del estado hacia las religiones a lo largo de los últimos 100 años y cuenta la historia de un templo budista único.
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