Los habitantes del pueblo argentino de Choele-Choel están acostumbrados a ver a chicas con trajes rusos tradicionales y hombres con kosovorotkas, así como a un inusual acento ruso. Estas personas, descendientes de los viejos creyentes que se trasladaron a Argentina a principios del siglo XX, han vivido aquí durante varias generaciones. Buscaron la oportunidad de seguir sus tradiciones religiosas y la encontraron.
A lo largo de los años, los colonos rusos han logrado éxitos significativos. Los locales destacan su arduo trabajo: se levantan temprano y se dirigen a sus granjas. A pesar de los estereotipos sobre el conservadurismo, los viejos creyentes utilizan activamente tecnología moderna: tractores, cosechadoras, automóviles. En sus hogares hay televisores, internet, agua corriente y alcantarillado. En Choele-Choel tienen el nivel más bajo de criminalidad, y en educación e ingresos son líderes.
Los viejos creyentes viven en armonía, celebran juntos las festividades religiosas, cumpleaños y bodas. Los niños conocen muchos juegos y canciones rusas, las niñas saben bordar y tejer, y hacen muñecas artesanales. Aunque a menudo se considera que los viejos creyentes son reservados y cerrados, esto no se aplica a los descendientes argentinos. La juventud visita libremente cafés, cines y parques, se comunica fácilmente con los demás y se fotografía con gusto.
Es sorprendente que, después de más de cien años, no se hayan asimilado y hayan mantenido su identidad nacional. Todos hablan ruso con fluidez, aunque en su habla se encuentran palabras anticuadas.
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