El fraude se ha convertido en parte de nuestra vida cotidiana, y los delincuentes se vuelven cada vez más astutos. Sin embargo, las audaces estafas también existieron en la Rusia imperial. Uno de los criminales más conocidos de esa época fue el corneta y húsares Nikolai Savin.
Se dio a conocer por primera vez en 1879, cuando logró vender un campo militar en Petersburgo a un comerciante crédulo. La historia se desarrolló de la siguiente manera: un comerciante siberiano, decidido a pasar el tiempo, entró en una taberna, donde se encontraba ya algo ebrio Savin. Durante la conversación, el húsar se quejó de sus grandes propiedades, de las cuales no sabía qué hacer. El comerciante propuso comprar el terreno para construir una fábrica. Al día siguiente, fueron a inspeccionar las propiedades y pronto firmaron el trato. Sin embargo, cuando el comerciante llegó a colocar la piedra fundamental, se descubrió que era un campo de entrenamiento del regimiento Semenovsky.
Mientras tanto, Savin ya se dirigía en tren a Roma. En Italia, por razones de seguridad, no usó su verdadero nombre, presentándose como el príncipe Golitsyn. Rápidamente se integró en la alta sociedad y "accidentalmente" le contó a un coronel que en su mansión de Crimea había encontrado un tesoro escita y pergaminos de cuero que contenían los secretos de la invencible caballería escita. El coronel le suplicó que vendiera los artefactos, y Savin, como si no quisiera, accedió. Cuando se descubrió el engaño, toda la policía de Roma fue movilizada, pero ya era tarde.
Savin huyó a Bulgaria, donde intentó llevar a cabo un astuto trato con un banco local. Todo estaba a punto de concluir, cuando en las negociaciones se encontró accidentalmente con un gendarme ruso: en Rusia lo buscaban por la estafa del campo Semenovsky. Al final, Savin fue desterrado a Siberia, de donde pronto escapó. Tras él quedaba un largo rastro de fraudes, pero la vida misma lo castigó: murió en 1937 de cirrosis hepática, en la pobreza y la soledad.
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