En 1862, se llevó a cabo en Londres la Exposición Mundial, donde muchos países presentaron sus muestras de armamento de artillería. Rusia no fue la excepción, aunque a mediados del siglo XIX, los cañones ingleses y alemanes eran considerados los mejores del mundo, y nuestros ingenieros no esperaban ganar. Sin embargo, el arma rusa causó un verdadero asombro entre los especialistas: no solo era económica de producir, sino que también se caracterizaba por su alta fiabilidad, soportando más de 4000 disparos. Para comparar, los cañones de Krupp solo soportaban alrededor de 2000 disparos.
El creador de estos nuevos cañones fue el científico ruso Pavel Matveyevich Obukhov, quien desde niño se interesó por la ciencia y ya a los seis años dibujaba planos de presas y motores. Tras recibir educación, comenzó a trabajar como ingeniero en la fábrica de Yugo, donde experimentó con diversas aleaciones. Al añadir mineral de hierro magnético, Obukhov obtuvo una placa de acero que no podía ser perforada por ningún rifle. Pronto su talento fue reconocido en la fábrica de armas de Zlatoust.
A Obukhov se le encomendó la tarea de crear nuevos cañones, y utilizando su experiencia, desarrolló armas de acero de 4 libras. En las pruebas, superaron a sus homólogos ingleses y alemanes, soportando 4017 disparos. Según la leyenda, en el último día de las pruebas, Alejandro II preguntó a Obukhov si el cañón soportaría otro disparo, a lo que el ingeniero respondió que estaba dispuesto a sentarse sobre el cañón y esperar el disparo. Aunque no lo hizo, el cañón realmente no explotó.
Estos logros en artillería fueron presentados en la Exposición Mundial de Londres. Los trabajos de Obukhov marcaron el inicio del uso de acero fundido para la producción de cañones, lo que se convirtió en una nueva etapa en la historia de la artillería nacional.
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