En la pequeña ciudad austriaca de Judenburg se encuentra un modesto monumento en forma de piedra sepulcral con una placa. La inscripción en este monumento relata la tragedia de la entrega de los cosacos en Austria y los suicidios de aquellos que, sin querer enfrentarse a una muerte lenta en el GULAG, prefirieron morir en el acto. Bajo la piedra descansan tres cosacos que saltaron desde un viejo puente al río Mur y fueron sacados del agua por los ingleses ya muertos.
Hoy es difícil decir con precisión cuántas personas se suicidaron o fueron fusiladas en los hangares de las fábricas, que los empleados del NKVD adaptaron como barracas temporales para los cosacos. Las ejecuciones se llevaban a cabo bajo el ruido de los motores encendidos, y los cuerpos eran luego incinerados en los hornos de la fábrica. Este monumento es un homenaje a todos los cosacos que murieron en aquellos días terribles, y los habitantes locales los recuerdan y honran.
Cerca de la tumba se encuentra una prensa de fábrica conservada de aquella época, simbolizando los destinos de los cosacos, aplastados por el cruel paso del tiempo. Junto a ella hay un viejo vagón de tren, en el que en 1945 se llevaron a decenas de miles de cosacos con sus esposas e hijos desde Austria hacia su muerte en la URSS.
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