El periódico de San Petersburgo "Slovo" escribió sobre Anna Pavlova, la más grande bailarina del siglo pasado: "Ella no baila, vuela por el aire". Su talento maravilló al mundo entero, incluso las personalidades imperiales le aplaudieron, y en los "Temporadas Rusas" de Diaghilev, ella fue la estrella principal.
Anna decidió dedicar su vida al ballet desde la infancia, aunque esto ocurrió por casualidad. A la edad de nueve años, al visitar el Teatro Mariinsky con sus padres, quedó tan inspirada que le dijo a su madre: "¡Cuando crezca, bailar é como la princesa Aurora!".
Su debut en los teatros imperiales tuvo lugar en 1899 en la obra "La prevención inútil", después de lo cual ganó su primera popularidad. Su número emblemático fue "El cisne moribundo", que interpretó prácticamente en improvisación. Este baile se convirtió en un símbolo y una obra maestra del arte del ballet. El compositor presente en la actuación quedó impresionado por su interpretación de la música y cómo transmitió sentimientos a través del baile.
Así, Anna Pavlova alcanzó la fama, y se decía de ella: "En su danza vive Dios mismo".
Las zapatillas de ballet para Anna eran hechas a medida. En sus giras siempre llevaba consigo 36 pares de puntas. Sorprendentemente, en su época las puntas en el sentido moderno aún no existían. La técnica de baile era más simple, y la forma de las zapatillas se parecía más a las de salón, pero sin tacón.
Entre sus admiradores estaba Charlie Chaplin, quien más tarde la asesoró en la grabación de números en película. Sin embargo, Pavlova nunca se comportó como una "estrella". Durante la Primera Guerra Mundial, enviaba todo su salario al fondo de la Cruz Roja. En la década de 1920, se mudó definitivamente a Inglaterra, pero falleció en La Haya debido a una neumonía.
Anna Pavlova glorificó el ballet ruso en todo el mundo, convirtiéndose en una leyenda incluso en vida. Cada uno de sus bailes despertaba en los espectadores todo un mundo de pensamientos y emociones, alegres y tristes, pero siempre poéticas y elevadas.
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