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Lenin en Zúrich, enero de 1917

En enero de 1917, Vladimir Lenin habló ante socialistas suizos en Zúrich. Tenía cuarenta y seis años, diecisiete años de emigración a sus espaldas, una serie de divisiones, fracasos y disputas partidarias. "Nosotros, los viejos, tal vez no vivamos para las batallas decisivas de la revolución que se avecina", dijo.

Seis semanas después, el zar abdicó.
Esta aclaración no es una casualidad. Para 1917, Lenin era un marginal político. Su facción bolchevique contaba con miles de miembros en un país de 170 millones de habitantes. Los mencheviques, los eseristas, los liberales - todos lo consideraban un sectario y un dogmático. La revolución de febrero lo sorprendió en Zúrich, sin dinero, sin conexiones y sin un plan.

Pero aquí es donde se manifiesta la naturaleza del comunismo como proyecto intelectual. El marxismo no era un programa político, sino una teoría total de la historia - una lógica férrea, en la que el capitalismo engendra inevitablemente a su propio sepulturero. Lenin creía en el esquema más profundamente que en sus propias posibilidades. La revolución debía ocurrir - la única pregunta era quién estaría al mando.

En esto radicaba la radicalidad de la construcción bolchevique: otorgaba una confianza absoluta a las personas que no tenían nada más. Mientras los socialistas moderados discutían sobre tácticas, el extremista Lenin ofrecía una certeza total - un final de la historia científicamente fundamentado, donde el vanguardismo del partido reemplaza la espontaneidad de las masas. Una utopía, empaquetada en un lenguaje de inevitabilidad.

Abril de 1917 mostró cómo funcionaba esta máquina. Al llegar a Petrogrado en un vagón sellado, con financiamiento alemán, Lenin transformó en pocos meses a una facción marginal en un partido gobernante. No porque la gente quisiera el comunismo - la mayoría quería paz y tierra. Sino porque la doctrina proporcionaba a sus portadores lo que a todos los demás les faltaba: una determinación absoluta para actuar.

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