El nombre de Marc Chagall está firmemente asociado con la pintura: figuras voladoras reconocibles, escenas locales, vitrales. Pero en su biografía creativa hay un capítulo menos conocido: la cerámica.
En 1948, ya siendo un artista reconocido, Chagall decidió aprender el arte de la alfarería. Para ello, se trasladó a la Costa Azul de Francia y alquiló un taller en el pueblo de Vence. La elección del lugar no fue casual: cerca vivía Pablo Picasso, también apasionado por la cerámica en esos años, quien trabajaba en el taller "Madura" en Vallauris.
Dos maestros, que se conocían desde hace tiempo, a veces se encontraban para trabajar juntos con arcilla y pinturas. Para Chagall, acostumbrado al lienzo, la cerámica se convirtió en un nuevo lenguaje: las mismas imágenes - enamorados, animales, motivos bíblicos - aquí adquirían volumen y otra textura.
Se han conservado testimonios de este proceso creativo conjunto, así como las propias piezas: platos pintados por Chagall, en los que se reconoce su estilo, trasladado a un material poco habitual. Este episodio muestra a Chagall no solo como pintor, sino también como un artista que constantemente buscaba nuevas formas de expresión, incluso estando ya en una edad madura y en la cima del reconocimiento.
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